Es
cuando llego a casa que doy cuenta del propósito; del momento; de la
música; de lo que vi y escuché esta tarde en el autódromo. Cómo y por
qué apareció así, del mismo modo que se desvaneció. Grandes letras
rojas. Sentado en una de ellas. EL FIN. Subimos a la azotea, de cara al
sol. Comenzamos, para llegar frescos al concierto, a trasladarnos.
Permanecimos arriba mucho tiempo, pero huimos del sol -nos escondemos,
siempre. Es parte de esto: aparece dentro de ti. Nos disparamos, con
flash y spray por diversión, sin ella. No recuerdo los chistes, bromas,
sonidos, etc., que se comentaron e hicieron. Pero sí que jugamos
frisbee, que tocamos el piano, bebimos licuados y cruzamos la calle.
Antes, o después. Proyectaron videos en un cuarto, jugamos videojuegos.
¿Fue entonces? Nos bajamos en velódromo, pero de inmediato nos
recomendaron ir a la siguiente estación y acceder por esa zona. Me veo
en todas partes, nos veo en el espejo. Somos iguales, pero diferentes;
el concreto. En una u otra Rico compró su boleto, más caro e incierto
futuro. Salimos a la calle y nos recibe una turba post, que no para de
hablar aún cuando no haya de qué hablar. Altos, bajos, gruesos y huesos,
amarillo, negro, verde, violeta, marrón. Toda la gama. Dejamos a Rose y
Marshmallow en lo que nos pareció un lugar no muy alejado de la puerta.
Pero el laberinto no había terminado. Al final no importó, me fue
imposible conseguir que entraran y no les volví a ver sino después de
tres meses. Y esa noche, y la mañana siguiente. Paré en medio de la
multitud que venía tras y frente a nosotros. «Ha sido una eternidad...
¿cómo pueden ir los momentos tan despacio, varias veces?». Miro a mi
alrededor, todo se mueve:
cejaslucesrocaszapatosestrellasdedosnariceshojas. No sé dónde estoy, no
sé quién soy, si soy yo el que está parado ahí o si ahí es donde yo
estoy parado. Sé, en cambio, a donde es que me dirijo, con quien voy. Y
debo perderlos, por eso me he detenido; no puedo saber y no saber. Doy
un paso. Los tengo frente a mí, como si no hubiera parado. Sigo tras de
ellos, no me detuve. Abro los ojos. Cuando puedo reaccionar estamos ya
ante el escenario. No veo nada. CSS tenía mucha pila. X misma lo decía:
«We're sorry that we have so little time», quizá textual. Brincó,
bailó, bajó, subió de nuevo; el tiempo lo permitía. Y pese a lo que Yve
(quien no perdió oportunidad de resaltar lo bien que tocaban, y bailar)
pensaba, yo me divertía. LSMM llegó a la casa con 4 amigos. Habla con
Lea y Val, poco en realidad. Todos permanecemos distanciados, o en
grupos distantes, profundos. Yo al menos estoy ahí, no haciendo otra
cosa que sacudirme las malditas arañas. Fir tiene algo en los ojos, pero
no deja de escuchar, y viceversa. Rob y Pi están parados por ahí, o
sentados por allá. Nos movemos poco a poco. La mayoría de los que
llegamos hoy han ido ya a dormir. Rico despareció en su casa. Lea me
llama y mete a mi boca un trozo de TP masticado. De poco sé bastante.
Hablo con Fir, y luego alguien más comienza a hablar, y todos están
hablando. Estoy cansado. Desparezco en una casa. Intento usar el
teléfono que Rico me dio para comunicarnos, pero la señal falla. Me
muevo por todos los sitios intentando encontrarlos y tener señal. Medio
logro comunicarme con Josefina y quedo en verla donde está tocando No
Age. Toma su tiempo. Sigo viendo el lugar, descifrando su forma. Después
de encontrarla veo a Serge, que está con su primo, Lisa y co., detrás
de las grandes letras rojas. Desaparecen pronto. Pero llegan Rico, Ante e
Yve. Nos acercamos al remolino, pero sólo Ante y Rico entran. Veo a Ed y
Ari, con ellos están Manuel y Janeth. Es la única ocasión en que los
veré durante el concierto. Algo pasa, nos retrasamos, o esperamos a
alguien. Termina No Age, no puse demasiada atención. Cuando terminó ya
estaba por comenzar Mogwai, así que todos corrieron. Ante y Rico deciden
ir al baño en ese momento y nos piden que esperemos. Sara y Josefina ya
se fueron. Serge, Quentin y Lisa deciden hacer lo mismo, así que sólo
quedamos Yve y yo. Comienzo a sentirme despierto, entonces desespero.
Presiento el tiempo como algo inmortal, y de nuevo las arañas suben y
quieren comerme. Logro convencer a Yve de movernos y ver más tarde a
nuestros dos amigos. Mi argumento triunfal: Mogwai está tocando ya.
Desperté, nadie más lo había hecho. Evidencias de la fiesta en todo el
piso. Eche un vistazo al cuarto de Fir y lo encontré, a él, tirado en
medio de la pieza. Vi si había algo para comer o beber. Encontré algunos
trozos de galletas para animales. Entré al baño y me miré al espejo un
largo rato. Quise encontrar algo dentro, no sé bien qué, pero no estaba
ahí. Salgo y poco a poco aparecen los que se quedaron en casa. Se habla
sobre anoche, sobre LSMM y sus amigos, sobre la cuasi pelea que
aconteció, después que yo desapareciera, entre estos y Fir y Rob. Me
duelen los pies. Rió un poco, o sólo sonrió. Salimos a comer algo. OMD... No fue lo que esperaba. Hiperpop ochentero; lentos cuando
rápidos; ya sin gracia. Además tenía la cabeza en el suelo. Pensaba con
los pies. Comenzó la repartición del TP. Tomo lo mío y entrego el resto a
Serge. Se lleva una sorpresa cuando descubre la cantidad que he tomado,
pero lo justo es lo justo, y yo he venido de muy lejos para llegar aún
más lejos. Tomo eso y algo me muevo. Sacan a Raúl de su escondite. En
estos momentos estoy con Serge, Quentin y Lisa; los demás se adelantaron
y será improbable volver a verlos a todos en las siguientes escenas.
Brincoteamos por lo pronto. Alcanzo a ver a Ed y otros moverse por ahí,
a lo lejos, volviendo pronto al anonimato. Tengo que estar solo un
rato. Y decir eso en un lugar como en el que me encuentro es hablar de
milagros. Pero tengo que hacerlo. Quedo con Yve de reunirnos en un punto
reconocible en una hora determinada. Gente en todas partes, a cada
metro, una plaga de personas. Quisiera poder cerrar los ojos, pero no
puedo bajar la guardia, ni un segundo. Debo estar atento de cualquier
movimiento, preparado para no ser atrapado. Comienza a caer el sol, y
escucho a Coheed and Cambria a lo lejos, veo a grupos de amigos jugando,
riendo, divirtiéndose, a lo lejos. Comienzo a sentirme tranquilo. Veo
el cielo y las nubes —«las maravillosas nubes»— y también están
tranquilas. Por unos siglos todo fue paz. Era momento de reunirme con
Yve. Tropiezo cada entonces y después. Tartamudeo ahora. Llego y ella no
está, pero dejo a Josefina, Sara, Lisa y Quentin ahí. Doy por hecho que
todo habrá de cambiar. Portishead terminó después que la mayoría
corriera hacia The Strokes, pero nosotros nos quedamos ahí. Escuchamos
el agradecimiento de Gibbons, sincero al parecer, y el encore, y los
pasos de la gente alejándose, permitiendo acercarnos más al escenario.
Cuando nos vamos es para encontrarnos con los que no están con nosotros
(Rico, Ante y Serge) y despedirnos. Tengo algo en la cabeza y decido
dispararlo en un momento al azar. —Hahaha— rié, quizás por nervios —está
bien. No te preocupes—. Lo intento, pero no puedo dejar de temblar.
Adiós. Esperamos a los faltantes sentados en grandes letras rojas.
Cuando Moby comenzó, la noche lo hizo también. Cosas antiguas, que
sentaron bien entonces. Hablo sobre su mal español y ser gringo y un
discurso de activismo político. Tocó todas las canciones que yo le
conozco, no pocas, no tantas. Pensé en que en otro escenario, en ese
momento, estaba tocando The Rapture, y en cuanto me gustaría estar ahí
entonces. Pero estoy aquí y ahora bien. No me preocupé entonces y dejé
de pensar en ello. Estuvimos ahí hasta que acabó, entonces corrimos
hacia Portishead, atravesando multitudes. Ni Lea, Pi, Rob o Fir irán al
concierto. Nos decimos hasta al rato y salimos rumbo para allá.
Marshmallow y Rose vienen con nosotros, intentaremos meterlos con
nuestros boletos. Y Rico analiza sus opciones mientras nos acompaña.
Subimos al metro. En la primera estación Val baja. Ella ha sido invitada
por un amigo, así que primero se reunirá con él. «Nos vemos allá», y
seguimos en línea recta. Yo no estaba ahí. No siempre. Era sólo un
parpadeo, en el cual cada abrir los ojos mostraba un mundo distinto.
Volví a ver algunos, pero no podía permanecer. Estaba en todas partes y
en una sola. Portishead comenzó a tocar. Silencio. En todos lados
silencio, y voces. Enigmas pienso, enigma soy. «¿Qué hay detrás de la
ventana?». Símbolos: la música se hace tangible como símbolos que no
puedo atrapar. En algún momento una presencia extraña comenzara a
molestarnos. A mi torpe manera, dada la confusión, logro hacerla a un
lado. Sólo el océano es como este lugar.
7/1/12
31/12/11
22/12/11
Recuerdo
Un tañido argentino.
Luces en el cielo.
El aroma de lo desconocido.
Llantas quemadas.
El viento de la playa.
Cinco días seguidos.
Hablar con aves.
Equívocos superlativos.
Un nombre que termina en Z.
Perder rostros y voces.
Es cuanto recuerdo.
Luces en el cielo.
El aroma de lo desconocido.
Llantas quemadas.
El viento de la playa.
Cinco días seguidos.
Hablar con aves.
Equívocos superlativos.
Un nombre que termina en Z.
Perder rostros y voces.
![]() |
| (Contiene el corazón) |
Es cuanto recuerdo.
13/12/11
Mar
o quién lo envió.
Quizá no fuera para mí,
Quizá no fuera para mí,
mas he sido yo quien lo descifró.
Nada que perder.
Nada que ganar.
Subo a un bote,
comienzo a remar.
Nada que perder.
Nada que ganar.
Subo a un bote,
comienzo a remar.
22/11/11
11/11/11
circa dies
Demasiada juventud y demasiada vejez impiden el espíritu,
demasiada y poca instrucción. En fin,
demasiada y poca instrucción. En fin,
las cosas extremas son para nosotros
como si no existieran, y no somos nada respecto a ellas:
escapan a nosotros, o nosotros a ellas.
como si no existieran, y no somos nada respecto a ellas:
escapan a nosotros, o nosotros a ellas.
Pascal
Mientras tocábamos me sentí perdido y solo en medio de una, inmensa, cosa blanca. Las luces se van, vuelven, fortuitamente, arrinconándonos; nosotros en la mitad de un pequeño cuarto: gente hablando, empujando, tirándote cosas —hostigando, gritando, aullando, huyendo, ganando, etc.—. A ratos no escuchaba la guitarra, después no escuchaba los otros instrumentos. Nunca sé cómo terminan estas cosas. Perdí contacto; desaparezco en un vórtice. Un amigo me dijo que estuvo muy bien, le gusto nuestro ruido. Es mi amigo, y lo conozco; me agrada que le haya gustado, pero no he logrado perderme a mí mismo. No. Ya de vuelta a ser espectador de la fiesta, quiero dejar de serlo y marcharme del lugar. El panorama es tan caótico como cautivo, me mantienen erizado estas visiones. Quisiera participar, pero un vértigo me pesa, anclándome. Mi percepción se ocupó de lo que ocurriría el siguiente día, ayudada por la imaginación: cómo actuar, qué hablar, ensayar, ensayar, cuestionar, no hay descanso. Pero en cambio, con los otros no podía hablar, mirar, pensar o algo parecido, no quise arriesgarme a construir realidades. Guarde mis cosas, intente despedirme y emprendí el largo viaje a casa. Caminar por la calle, como ratas, y luego entrar al túnel, como ratas. Escucho todo y no oigo nada. Se me atraviesan fantasmas, pero ellos no me preocupan: la vida es mi temor, en ella me concentro con cada paso. Y llego a casa, solo yo, ella también. Es tarde. Duermo.
Despierto. Es tarde. Rutinas para todos. Estoy esperando y esperar desespera. Leo libros de la biblioteca, prontos a entregar y desconocidos para mí. Un francés loco me habla de ritos en México, del cuerpo y la mente, de un todo y una nada. Escucho, hasta que se vuelve colores. Mientras tanto Camus y Felicia se han levantado y puesto activos; son mis compañeros de casa. De pronto —como siempre, de pronto— tienen una discusión y ambos permanecen en silencio forzado. Es entonces que Ray pasa por nosotros para recoger los instrumentos y llevarlos de vuelta a casa. Está conduciendo una combi verde que le prestaron en el trabajo. Con él vienen su novia, Ofelia, y Ante, un amigo. Camus y yo nos subimos al auto, nos acostamos y el viaje comienza. Se toma la ruta panorámica; el tiempo y espacio en este lugar se transgreden siempre. La visión desde aquí aligera mis pensamientos, y el movimiento se siente en el pecho. Nuestra primera parada es la casa de Ofelia, a quien dejamos ahí. Nunca había estado en esta parte de la ciudad, todo era nuevo a mi experiencia. Los arcos y muros que atravesamos transforman el camino, y los destinos importan menos que el viaje. Continuamos rumbo a por las cosas. Llegando al centro nos estacionamos en un lugar no permitido para, así, apresurarnos a transportar nuestras cosas. Recibimos bastante ayuda y nos llevamos más que sólo lo nuestro. Flir nos ayuda: es un buen amigo, pero a últimas fechas han ocurridos cosas que hacen que sienta el deseo de enviarlo al infierno con mis propias manos —un sentimiento fraternal—. Y helo aquí, ayudándonos. Música sin dirección. No me importa a dónde ir, mientras me esté moviendo, mientras exista una dirección. La estática no es nada, y tampoco es algo. Esta vez no estaban los rastas que se quedan en el hostal donde habíamos tocado, así que no recibimos su ayuda. Un tránsito se acercó a decirnos que debíamos movernos. Esto coincidió con el momento en que terminamos de cargar el auto. Rico se unió a nosotros, ya éramos cinco de nuevo. Durante el trayecto de regreso a mi casa, se solicitó que hiciéramos una parada para que Ante pasara a recoger unas cosas. Nos dirigimos hacia allá: un camino cuesta arriba que, después de pasar por el punto donde él bajó, nos regresaba a la ruta Panorámica. Íbamos tranquilos y alegres cuando, por mera casualidad, golpeamos un poste con el costado derecho del automóvil, la puerta del copiloto quedó maltrecha porque el impacto lo recibió justo en la manija, y ésta se atascó. Ahora es difícil cerrar y abrir la puerta. Ante fue a su casa, y Rico y yo nos bajamos para aligerar el auto. Éste no arrancaba y tras de nosotros se formó una fila. Yo hacía señas a los conductores indicando que nuestro auto no arrancaba, para que dejaran de fastidiar. Ray seguía intentando echar a andar el auto, Camus, mientras tanto, le ayudaba. En cinco minutos —que parecieron treinta— consiguieron ponerlo en marcha. Subieron un poco y ahí los alcanzamos, ya con Ante entre nosotros. Ahora Camus y yo éramos los copilotos. Continuamos el viaje, como si nada hubiese ocurrido. El mismo camino, en sentido contrario. Llegamos, descargamos y nos relajamos. No sé de qué hablamos. Quizá de las combis, de viajar, de música, fiestas, lugares y sensaciones. De pronto se apodera de mí la sensación de convivir con gente “extraña”. Me gusta estar con ellos; seguro yo soy uno también, pues soy quien se detiene a pensar en eso. Y mientras esto percibía, estábamos todos sentados en las escaleras platicando. Imaginaba lo que pasaría más tarde: no sabía nada, pero imaginaba muchas cosas. Ensayar, ensayar, ensayar. Ray debía volver a trabajar y llevar el auto a arreglar, así que Rico y Ante aprovecharon el ride y se fueron con él. Creo que no fue mucho el tiempo que estuvieron, mas fue bueno el poco tiempo. Sigo esperando y asesino mi tiempo en la computadora. Lo único que vale ahí es la música. Escucho y vuelvo a ensayar, imaginar que ensayo, ensayar que imagino, imaginar. Alguien llega, mas no sé quiénes son; nunca antes vistas: amigas de amigos de Felicia. Se quedarán unos días en la casa, para mi sorpresa. Intento interactuar, pero no sé cómo hacerlo y desisto. Hay suficiente caos con el porvenir. Llega alguien más, y sé que esta vez son ellos. Lo son, pero ella no está. Igor, Garfield, Lemoy y Cristo, y con ellos Ivana, hermana de Lisa. No la conozco, ni a Cristo. A Lemoy sí, y, a mi pesar, a Garfield e Igor los conozco bastante bien. El obscuro dentro de mí quería explotar; la espera continuaba. La barbarie como entremés. Tan pronto llegaron, buscaron beber. Conversé poco, pero constante, sobre todo con Ivana y Cristo. Me agradaron, lo mismo que Lemoy. Bebieron, hablaron, se comunicaron con Lisa y así supimos que ella, Horber y Quentin habían llegado a casa de Serge muchas horas antes. Suprimo todo lo existente en mi cabeza. Siguen bebiendo, las horas pasan, siguen bebiendo. Por fin, se decide ir a casa de Serge, y todos subimos al auto; dado que no saben llegar, ocupo el puesto de copiloto y guía. No es lejos, pero las distancias temporales aumentan a su lado. Cuando llegamos no hay nadie, así que envían un mensaje para saber dónde verlos, y la respuesta no es favorable: consiguieron ver un espectáculo para el que no tenían boletos, siendo invitados por unos recién conocidos. Ante tal situación, se decide ir al centro a que mis huéspedes hagan lo que vinieron a hacer. Llenan una botella con alcohol, hielo y refresco; dejamos el auto y bajamos. No paro de pensar en miles de cosas que son nada, algunas se ocupan de lo que pasa. No la mayoría. Apenas avanzamos un poco podemos dar cuenta de una densa concentración de azules. Es momento de ser discretos. Cambian el envase por varios más pequeños. Mientras conversaba con Cristo y Lemoy, los otros entraron a la tienda y, no entiendo porqué, el tendero piensa que le están robando. Ivana se ríe ante la acusación, y eso no ayuda. Seguimos bajando, ellos continúan parando cada cinco minutos, y nuestro viaje de veinte minutos se convierte en el de una hora. Cenan, beben, gritan, discuten, ríen. Por fin llegamos al centro. Solo quiero ver a Lisa, no más. El mar se extiende hasta donde nadie está. Ellos no saben qué hacer, yo no sé qué hacer, y seguro que en realidad nadie sabe nunca qué hacer. Decido ir a buscar a Flir a su trabajo y los invito a acompañarme. En realidad sólo quiero ir al baño. Saludo a todos en el bar. Hace mucho trabajé aquí. Me quedé adentro y Garfield, Igor y Lemoy pasan a hacer lo suyo. De pronto una chica que ahí trabaja me dice que ha preguntado por mí otra chica, y me sorprendo. Era Ivana, mi sorpresa se apaga. Se parece tanto a Lisa que puedes saber que no son iguales. Salgo con ellos y nos sentamos en la banqueta. Ellos seguían en lo suyo y yo en lo mío; no sé detener lo mío. Poco tiempo pasa cuando nos avisan que ya salieron del espectáculo y están en el jardín. De inmediato me pongo en movimiento. No los veo por ningún lugar, y tanta gente en la calle no lo hace más fácil.
Despierto. Es tarde. Rutinas para todos. Estoy esperando y esperar desespera. Leo libros de la biblioteca, prontos a entregar y desconocidos para mí. Un francés loco me habla de ritos en México, del cuerpo y la mente, de un todo y una nada. Escucho, hasta que se vuelve colores. Mientras tanto Camus y Felicia se han levantado y puesto activos; son mis compañeros de casa. De pronto —como siempre, de pronto— tienen una discusión y ambos permanecen en silencio forzado. Es entonces que Ray pasa por nosotros para recoger los instrumentos y llevarlos de vuelta a casa. Está conduciendo una combi verde que le prestaron en el trabajo. Con él vienen su novia, Ofelia, y Ante, un amigo. Camus y yo nos subimos al auto, nos acostamos y el viaje comienza. Se toma la ruta panorámica; el tiempo y espacio en este lugar se transgreden siempre. La visión desde aquí aligera mis pensamientos, y el movimiento se siente en el pecho. Nuestra primera parada es la casa de Ofelia, a quien dejamos ahí. Nunca había estado en esta parte de la ciudad, todo era nuevo a mi experiencia. Los arcos y muros que atravesamos transforman el camino, y los destinos importan menos que el viaje. Continuamos rumbo a por las cosas. Llegando al centro nos estacionamos en un lugar no permitido para, así, apresurarnos a transportar nuestras cosas. Recibimos bastante ayuda y nos llevamos más que sólo lo nuestro. Flir nos ayuda: es un buen amigo, pero a últimas fechas han ocurridos cosas que hacen que sienta el deseo de enviarlo al infierno con mis propias manos —un sentimiento fraternal—. Y helo aquí, ayudándonos. Música sin dirección. No me importa a dónde ir, mientras me esté moviendo, mientras exista una dirección. La estática no es nada, y tampoco es algo. Esta vez no estaban los rastas que se quedan en el hostal donde habíamos tocado, así que no recibimos su ayuda. Un tránsito se acercó a decirnos que debíamos movernos. Esto coincidió con el momento en que terminamos de cargar el auto. Rico se unió a nosotros, ya éramos cinco de nuevo. Durante el trayecto de regreso a mi casa, se solicitó que hiciéramos una parada para que Ante pasara a recoger unas cosas. Nos dirigimos hacia allá: un camino cuesta arriba que, después de pasar por el punto donde él bajó, nos regresaba a la ruta Panorámica. Íbamos tranquilos y alegres cuando, por mera casualidad, golpeamos un poste con el costado derecho del automóvil, la puerta del copiloto quedó maltrecha porque el impacto lo recibió justo en la manija, y ésta se atascó. Ahora es difícil cerrar y abrir la puerta. Ante fue a su casa, y Rico y yo nos bajamos para aligerar el auto. Éste no arrancaba y tras de nosotros se formó una fila. Yo hacía señas a los conductores indicando que nuestro auto no arrancaba, para que dejaran de fastidiar. Ray seguía intentando echar a andar el auto, Camus, mientras tanto, le ayudaba. En cinco minutos —que parecieron treinta— consiguieron ponerlo en marcha. Subieron un poco y ahí los alcanzamos, ya con Ante entre nosotros. Ahora Camus y yo éramos los copilotos. Continuamos el viaje, como si nada hubiese ocurrido. El mismo camino, en sentido contrario. Llegamos, descargamos y nos relajamos. No sé de qué hablamos. Quizá de las combis, de viajar, de música, fiestas, lugares y sensaciones. De pronto se apodera de mí la sensación de convivir con gente “extraña”. Me gusta estar con ellos; seguro yo soy uno también, pues soy quien se detiene a pensar en eso. Y mientras esto percibía, estábamos todos sentados en las escaleras platicando. Imaginaba lo que pasaría más tarde: no sabía nada, pero imaginaba muchas cosas. Ensayar, ensayar, ensayar. Ray debía volver a trabajar y llevar el auto a arreglar, así que Rico y Ante aprovecharon el ride y se fueron con él. Creo que no fue mucho el tiempo que estuvieron, mas fue bueno el poco tiempo. Sigo esperando y asesino mi tiempo en la computadora. Lo único que vale ahí es la música. Escucho y vuelvo a ensayar, imaginar que ensayo, ensayar que imagino, imaginar. Alguien llega, mas no sé quiénes son; nunca antes vistas: amigas de amigos de Felicia. Se quedarán unos días en la casa, para mi sorpresa. Intento interactuar, pero no sé cómo hacerlo y desisto. Hay suficiente caos con el porvenir. Llega alguien más, y sé que esta vez son ellos. Lo son, pero ella no está. Igor, Garfield, Lemoy y Cristo, y con ellos Ivana, hermana de Lisa. No la conozco, ni a Cristo. A Lemoy sí, y, a mi pesar, a Garfield e Igor los conozco bastante bien. El obscuro dentro de mí quería explotar; la espera continuaba. La barbarie como entremés. Tan pronto llegaron, buscaron beber. Conversé poco, pero constante, sobre todo con Ivana y Cristo. Me agradaron, lo mismo que Lemoy. Bebieron, hablaron, se comunicaron con Lisa y así supimos que ella, Horber y Quentin habían llegado a casa de Serge muchas horas antes. Suprimo todo lo existente en mi cabeza. Siguen bebiendo, las horas pasan, siguen bebiendo. Por fin, se decide ir a casa de Serge, y todos subimos al auto; dado que no saben llegar, ocupo el puesto de copiloto y guía. No es lejos, pero las distancias temporales aumentan a su lado. Cuando llegamos no hay nadie, así que envían un mensaje para saber dónde verlos, y la respuesta no es favorable: consiguieron ver un espectáculo para el que no tenían boletos, siendo invitados por unos recién conocidos. Ante tal situación, se decide ir al centro a que mis huéspedes hagan lo que vinieron a hacer. Llenan una botella con alcohol, hielo y refresco; dejamos el auto y bajamos. No paro de pensar en miles de cosas que son nada, algunas se ocupan de lo que pasa. No la mayoría. Apenas avanzamos un poco podemos dar cuenta de una densa concentración de azules. Es momento de ser discretos. Cambian el envase por varios más pequeños. Mientras conversaba con Cristo y Lemoy, los otros entraron a la tienda y, no entiendo porqué, el tendero piensa que le están robando. Ivana se ríe ante la acusación, y eso no ayuda. Seguimos bajando, ellos continúan parando cada cinco minutos, y nuestro viaje de veinte minutos se convierte en el de una hora. Cenan, beben, gritan, discuten, ríen. Por fin llegamos al centro. Solo quiero ver a Lisa, no más. El mar se extiende hasta donde nadie está. Ellos no saben qué hacer, yo no sé qué hacer, y seguro que en realidad nadie sabe nunca qué hacer. Decido ir a buscar a Flir a su trabajo y los invito a acompañarme. En realidad sólo quiero ir al baño. Saludo a todos en el bar. Hace mucho trabajé aquí. Me quedé adentro y Garfield, Igor y Lemoy pasan a hacer lo suyo. De pronto una chica que ahí trabaja me dice que ha preguntado por mí otra chica, y me sorprendo. Era Ivana, mi sorpresa se apaga. Se parece tanto a Lisa que puedes saber que no son iguales. Salgo con ellos y nos sentamos en la banqueta. Ellos seguían en lo suyo y yo en lo mío; no sé detener lo mío. Poco tiempo pasa cuando nos avisan que ya salieron del espectáculo y están en el jardín. De inmediato me pongo en movimiento. No los veo por ningún lugar, y tanta gente en la calle no lo hace más fácil.
Volvemos a sentarnos. ¿Notaran mi desesperación? He vuelto a fumar. Me paro y doy vueltas buscándolos. Una situación normal; no encuentro a nadie. Estoy solo y rodeado por todos. Memorias de la infancia saturan mi mente. Todo está en mi mente. Compro cigarrillos y vuelvo a sentarme. Ellos se ven contentos, entretenidos. Por fin los hallamos, como debía ocurrir. Saludo a todos, sintiéndome tonto por no saber qué decir, y frente a ella no digo cosa alguna. Cambio. Serge, Horber y Quentin quieren ir a platicar y beber fuera del ambiente de la calle, lo que choca con el plan de los demás: vagar y buscar fiesta en la calle. Lisa está en medio. Se decide a quedarse, yo me decido por la tranquilidad. Vamos a casa de Serge. Compramos cosas en el camino y conversamos. ¿De qué? De ellos —yo no hablo—. Comer y beber, conversar, viajar, extender y aniquilar. No creo ya en la realidad; miedo cuando gano. Pasan las horas y la música. Quedamos solo Quentin y yo, decididos a ver Hot Rod —”it's the american dream”—. Lisa y los demás llegan por mí. Ella se queda en casa de Serge, pero los otros se quedan conmigo. Camus, Felicia y cia. estaban ya dormidos, por lo que tuve que apagar la fiesta pronto. Y el sábado termina.
Al día siguiente volvemos a casa de Camus y todos ellos se van a la sierra, mientras mis compañeros y yo hacemos pan; su cia. también ha salido a pasear. Ese día estuvo contemplado tal cual. Horneados (¿qué o quién?) ya, volvemos a casa. Ha pasado un largo espacio. Llegan los huéspedes, toda la comitiva. Se mantienen en su postura (beber, fumar, beber: simean simeando). Silencio de mi parte. El pan se enfría y bajamos. Despedida, risas incompresibles. No dije algo. No vendimos mucho, es tarde. Vuelta a casa. Cansado y pesado, me rindo en domingo.
El lunes salimos de nuevo a vender, temprano, y todo acaba. Hare-krishna en un libro. Hoy se fueron los huéspedes. Termino.
Al día siguiente volvemos a casa de Camus y todos ellos se van a la sierra, mientras mis compañeros y yo hacemos pan; su cia. también ha salido a pasear. Ese día estuvo contemplado tal cual. Horneados (¿qué o quién?) ya, volvemos a casa. Ha pasado un largo espacio. Llegan los huéspedes, toda la comitiva. Se mantienen en su postura (beber, fumar, beber: simean simeando). Silencio de mi parte. El pan se enfría y bajamos. Despedida, risas incompresibles. No dije algo. No vendimos mucho, es tarde. Vuelta a casa. Cansado y pesado, me rindo en domingo.
El lunes salimos de nuevo a vender, temprano, y todo acaba. Hare-krishna en un libro. Hoy se fueron los huéspedes. Termino.
31/10/11
Daño
La forma sigue a la función.
Bauhaus
Verdad es lo sensible cuando no atraviesa los sentidos. Inmanente.
(No sé mi nombre.)
No hay invenciones en mi cabeza, sólo verdad. Trascendente.
(Soy basura.)
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